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13.05.2026 Productores de falsedad, ilegalidades, mediocridad y falta de preparación El nuevo hombre

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En las últimas décadas, los datos muestran una mejora evidente en el nivel educativo de la juventud: ha disminuido el abandono escolar y ha aumentado el número de jóvenes con estudios secundarios y superiores. Sin embargo, esta mejora cuantitativa no implica necesariamente una mejora cualitativa en la formación. En el contexto actual de digitalización y aparición de nuevas tecnologías como la inteligencia artificial, surge una paradoja que invita a reflexionar sobre el concepto de “tecnofeudalismo”.

 

Por un lado, es innegable que el sistema educativo ha ampliado su acceso. Cada vez más jóvenes permanecen en el sistema educativo durante más tiempo y obtienen títulos académicos. Este fenómeno se vincula con la democratización de la educación y con una mayor igualdad de oportunidades en comparación con generaciones anteriores. En este sentido, se puede afirmar que la educación ha mejorado desde un punto de vista formal.

Sin embargo, este avance convive con críticas crecientes sobre la calidad real del aprendizaje. Algunos autores señalan que el aumento del nivel educativo puede ir acompañado de una menor exigencia académica o de un aprendizaje más superficial. En este contexto, el uso de herramientas digitales e inteligencia artificial introduce un elemento nuevo: la posibilidad de acceder a respuestas inmediatas sin desarrollar plenamente habilidades cognitivas como el análisis, la reflexión o el pensamiento crítico.

 

Es aquí donde entra el concepto de tecnofeudalismo. Esta teoría sostiene que en la actualidad el poder económico y social se concentra en un pequeño grupo de grandes empresas tecnológicas que controlan plataformas digitales, datos y algoritmos. Estas empresas funcionan como “señores feudales”, mientras que los usuarios se convierten en “vasallos digitales”, que dependen de estas plataformas para estudiar, trabajar y relacionarse. Además, los usuarios aportan datos y generan valor sin recibir una compensación equivalente, lo que refuerza esta relación de dependencia.

 

En este contexto, el uso de la inteligencia artificial puede contribuir a aumentar esa dependencia. Si el individuo delega tareas intelectuales en la tecnología, puede perder autonomía y capacidad crítica, lo que refuerza el poder de quienes controlan dichas herramientas. Como señalan algunos expertos, el problema no es la tecnología en sí, sino quién la controla y cómo se utiliza.

 

Por tanto, la educación actual se enfrenta a una contradicción fundamental. Por un lado, nunca ha habido una juventud tan formada en términos de títulos y acceso al conocimiento. Por otro, existe el riesgo de que esta formación sea menos profunda o más dependiente de sistemas tecnológicos externos. Esto no significa que la educación haya empeorado, pero sí que su mejora es parcial y discutible.

En conclusión, no se puede afirmar de manera absoluta que la educación no ha mejorado, ya que los indicadores muestran avances claros en acceso y nivel formativo. Sin embargo, la aparición de fenómenos como el tecnofeudalismo y la dependencia tecnológica plantea nuevos desafíos que cuestionan la calidad real de esa mejora. La clave no reside únicamente en tener más educación, sino en desarrollar una formación crítica y autónoma que permita a los individuos no depender plenamente de las estructuras tecnológicas que dominan el mundo actual.